Una cortina de agua que cae del cielo impide ver nada a tu alrededor. Y cae, cae, pasan las horas, a ratos, la lluvia parece menguar. Calma. Un ruido ensordecedor despierta del letargo un estado somnoliento, de nuevo enfurecidas las nubes descargan todo su poder interior. Diluvia.
Son las cinco de la madrugada. Esta vez la tregua tan solo ha ocupado un puñado de minutos, ha sido la menor desde hace doce horas. Unas pocas menos de las que llevo vagabundeando por la casa entre una terraza y otra alerta ante la casi incesante tormenta pluvial que nos acecha en este rincón del Mediterráneo. Es otoño. Es cambio climático. Es DANA. Es...
Y mientras tanto, el cuerpo está tan inquieto como el cielo. Los sentidos alterados y los sentimientos en encrucijada.
Aparece un incipiente malestar estomacal. Será inquietud. No, serán nervios. Ahora me duele la espalda. Tengo que hacer deporte. Me siento atrofiada. Necesito caminar, nadar, deporte por favor. Sigue lloviendo.
Contemplo el horizonte mientras la mente se queda en barbecho. El rictus se relaja. Ahora el dolor es vertical, aunque ninguna parte del cuerpo es poseedora de mayor protagonismo. El único sonido perceptible es el de la lluvia sobre el terrazo, sobre los árboles y los relámpagos tronando vora mar. No hay nadie. No hay nada. Hay melancolía.
La mente marchó. No quise retenerla, ahora no. Estamos la lluvia y yo. No quiero ruidos. No importa el dolor. Son pellizcos. Soy fuerte. La noche sigue cerrada. Parece que también quiere reposar la tempestad. Intento otear el mar. Ahora puedo ampliar la perspectiva. Sí, se prevé una tregua.