Día 3 de #QuédateEnCasa

    Hoy ha sido el día del estrés y por qué no decirlo, del miedo. Cuando parecía que ya estaba asimilada la reclusión y disponía del calendario de actividades organizado, la jornada ha ido avanzando paralelamente al crecimiento del temor.

El despertar ha sido suave, los vecinos turistas escandalosos habrán vuelto a su lugar de origen (al menos no han ofrecido ningún sonido en todo el día) y el amanecer ha estado de nuevo acompañado por los rayos de sol, una luz que también como ha avanzado el día ha ido mitigándose hasta quedar en estas horas nocturnas un cielo encapotado sin ni siquiera estrellas que contemplar.

Pero iremos por partes puesto que el domingo nacía inspirador. Primero un poco de ejercicio, el saludo al sol modo yogui, unos estiramientos y hoy ya 20 km de bicicleta. Sin embargo, la calma se ha visto pronto alterada cuando el central argentino del Valencia CF, Ezequiel Garay, publicaba en su Instagram que había dado positivo en coronavirus.

Desde ese instante ha sido todo un estrés laboral. Trabajar desde la distancia no es fácil, aunque he de reconocer que para la tarea que hoy he realizado, tal vez, estar en la redacción con la vorágine informativa permanente y tan cambiante hubiera sido menos rentable mi trabajo.

Porque solo unos minutos después de publicar la información completa sobre el estado de Garay, el Elche CF anuncia que tiene un jugador infectado por el Covid-19. Uff!! Corriendo a actualizar la noticia pero apunto de preparar la comida llega la bomba: el VCF comunica que tiene ¡¡¡5 positivos!!! de coronavirus en la primera plantilla.

Todo ello acompañado del interés informativo que como ciudadana esperaba conocer sobre la última hora de una crisis que continua in crescendo en un día en el que deberíamos estar celebrando con la familia el cumpleaños de mi cuñado. Precisamente ha sido ese momento de video llamada familiar casi el mejor momento del día, porque ha sido así, en videoconferencia como hemos compartido el canto del cumpleaños feliz desde la distancia física al segundo piscis que tenemos en la familia.

Ha sido, tal vez, en ese instante cuando más he tomado conciencia de la gravedad de la coyuntura y de la necesidad que tenemos de abrazos. He buscado en mi pequeña librería y ahí he encontrado la obra del escritor Eduardo Galeano “El Libro de los Abrazos”, quizás en busca de esas palabras en que cobijarte desde este retiro obligado en solitario y tan falto de abrazos.

En una obra que te ofrece pellizcos dedicados a la niñez, ética, moral, literatura, culpa, miedo, ansiedad, soledad, amor, sociedad, religión, política…encuentro la frase que me acompañaría un buen rato: “El sistema que no da de comer, tampoco da de amar. A muchos condena al hambre de pan y a muchos más condena al hambre de abrazos”.

Hambre de abrazos, carencia tan extendida como ignorada en nuestra rutina habitual de esta estresante sociedad pero que, sin embargo, estos días está adquiriendo un valor emocional sobresaliente. Porque el abrazo es el gesto del más sincero afecto que puede experimentar un ser.

Con el deseo de no entrar en estado de melancolía he buscado alguna película, concierto o programa televisivo que ayudara a enajenar mis pensamientos. La he encontrado pero, en estos momentos no recuerdo ni su nombre porque Morfeo ha venido a visitarme.

Al despertar de una inesperada siesta la película había concluido y no he tenido mucho interés en resolver el final del argumento porque era escasa la atracción que me ofrecía el filme.

La tarde estaba avanzada y la maestra de yoga nos había recomendado una clase que seguir en directo por internet. Antes, no obstante, de nuevo era requerida mi colaboración en la tarea de distribución del personal que mañana, como cada día, desde el pasado junio del 2018 trabajarán para ofrecer la mejor información en tv, radio y web a la sociedad valenciana desde el medio de comunicación autonómico de À PUNT MÈDIA. Compañeros que acudirán a la sede sin temor, conscientes de la importancia de la existencia de un medio de comunicación de servicio público acrecentada en coyunturas como la actual. (Por cierto, digitalmente mi abrazo a todas ellas y todos ellos por su profesionalidad y su elogioso sentido de la responsabilidad).

Un rato más de ejercicio (creo que esta vez, el retiro sí va a conseguir que continúe in crescendo ese nuevo reto personal de conseguir un estado físico óptimo que acreciente, entre otras cosas, mi sistema inmunológico, débil durante demasiados años y causa, junto a otros factores de mi clausura estos días y la necesidad de trabajar telemáticamente) en este caso mientras se espera una nueva comparecencia ministerial; aunque antes, durante la ducha posterior al ejercicio vespertino, he conocido la noticia de la renuncia del rey a su herencia y toda esa importante información ofrecida en un comunicado por la Casa Real que, en otros momentos, hubiera supuesto un impacto de alta dimensión pero que hoy, ante la gravedad de la situación que vivimos como sociedad, quedaba camuflada, casi totalmente oculta y encubierta.

Mientras escuchaba atentamente en una emisora de radio la gravedad de la información pensaba que, desde luego, los responsables de comunicación de la casa real se han ganado muy bien su sueldo hoy, porque se necesita ser muy muy inteligente para publicar una noticia de tanto alcance en un momento en que el país vive en estado de shock.

No obstante, lo que no ha calibrado la cabeza pensante en casa real es que, noticias así, cuando estás aislada, agiliza tu pensamiento y te lleva a reflexionar sobre la idoneidad de la existencia de la monarquía en un país que, en el peor momento de su historia en los últimos 80 años, no solo carece de las palabras de su jefe de Estado sino que intuye que, cuando todos estamos atemorizados por el maldito virus Covid-19, él esta solo ocupado en evitar que no le salpique un escándalo que de nuevo haga peligrar su futuro “profesional” en esta sociedad a la que demuestra con estos comportamientos estar cada día más alejado de sus inquietudes y temores.

Temor que se enaltece al ver la imagen de cuatro ministros en una comparecencia de prensa en la que, entre otras noticias de alto calado, se anuncia la intervención de la sanidad privada para ponerla a disposición de las necesidades generadas por la pandemia del coronavirus o la presencia de controles policiales en la calle y espacios públicos para asegurar que la ciudadanía cumpla unas duras limitaciones de movilidad.

Desde luego, la cosa es seria, muy seria y hay que sobrellevarla sin abrazos. Eso que tenemos la mala costumbre de no ofrecer.

Se regalan besos, muchos, algunos al aire cuando te presentan a alguien, cuando saludas a gente solo conocida, al llegar a un lugar nuevo, pero jamás se regalan abrazos, porque envolver a alguien entre unos brazos supone mostrar físicamente el más puro sentimiento de aprecio, compañerismo, consuelo, cariño, amor o amistad. Emociones intangibles pero precarias en esta sociedad nuestra que hoy, cuando sentimos tanta inquietud, desasosiego, ansiedad, susto y…pánico, tanto notamos a faltar.

Por eso hoy, aunque no ha sido durante semanas muy locuaz en sus intervenciones, al cerrar el día y notar el peso de los párpados, me viene a la mente la frase, hoy especialmente, reiterada por la consellera de Sanitat, Ana Barceló, “es el momento de que nos cuidemos. Cuídense y cuidémonos para volver a poder regalarnos abrazos”.

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