Dia 6 de #QuédateEnCasa

    Hoy me he sentido como un delincuente. A esta hora, cuando ya es noche cerrada, todavía me considero casi como una transgresora porque, amig@s, confieso que hoy he roto el encierro obligado por el estado de alarma. Ha sido solo un pequeño periodo de tiempo, unos minutos y por justificación de salubridad pero….

Sinceramente, no he buscado ningún pretexto ni coartada, simplemente, después de dos días cocinando pescado, a pesar de disponer de una terraza en la que poder depositar la basura, era necesario y casi obligado, para cumplir con las normas de higiene y sanidad indicadas por las autoridades, bajar la basura al contenedor, o contenedores (por cierto, ahora que comenzábamos a concienciarnos de la necesidad del reciclaje y separación de los residuos orgánicos del cartón y el plástico, ha sido una pena presenciar cómo la gente lanzaba las bolsas a cualquier contenedor sin tener en cuenta esta nueva norma social que sin percatarnos hemos empezado a cumplir de forma rutinaria).

Sin embargo, mi infracción ha consistido en bajar directamente de mi apartamento al garaje, coger el coche y dejar la basura en su lugar, pero me es inevitable sentir cierta aflicción por haber roto el encierro porque, revelo ahora, que he ido un poco más allá.

He aprovechado la “huida” para, sin bajar del coche, parar un momento y contemplar de cerca cómo lleva el mar esto del coronavirus. Además me he desplazado a la farmacia de mi barrio (había de actualizar las recetas y comprar la medicación que me veo obligada a tomar por precaución) y no he podido sucumbir a la tentación de visitar desde el portal de su casa a mis padres.

Ha sido solo un instante, no hemos podido tocarnos ni acercarnos y, de algún modo, temía ese momento de solo poder cruzarnos miradas y hablarnos a gritos; pero, sorprendentemente, en contra de acrecentar mi sensibilidad un poco en seísmo, ese instante ha representado un soplo de energía para cubrir de amor las reservas emocionales después de las sacudidas que, a primera hora de la mañana, habían comenzado a desequilibrar un tanto las existencias acumuladas en mi desván anímico.

Y es que nunca se sabe lo que la vida te da y no somos inmunes a las emociones; aunque esta reclusión está personalmente permitiéndome calibrar mi fortaleza mental, otrora demasiado frágil y quebradiza, y ahora, sin embargo, bastante sólida y resistente.

Además, ha sido al ver a mis padres desde la distancia, lo que me ha permitido tomar conciencia de cómo, en nuestra cotidianeidad rota por la pandemia del coronavirus, es casi inherente a nuestra sociedad esa “mala costumbre de no apreciar lo que en verdad importa”.

Hoy, como dice la canción de Pastora Soler, me he dado cuenta de cuántas cosas hay que sobran y cuánto tiempo perdemos queriendo a medias, con reticencias. Por esas normas sociales impuestas en nuestro mundo por la religión, la historia, las ideologías y tantos y tantos prejuicios, no mostramos a los que queremos la necesidad de su presencia en nuestras vidas. Sí “tenemos la mala costumbre de echar en falta lo que amamos solo cuando lo perdemos…, porque es entonces cuando lo añoramos”.

Sin embargo, este aislamiento nos está dando la oportunidad de recuperar valores, quizás, demasiado encubiertos. Tengo muchas dudas del futuro que nos espera. No creo que la perspectiva tenga una tonalidad superior al gris, pero el cielo nunca se cae y no podemos ir a buscar ni predecir lo que será, es el momento de dejar que la vida venga e intentar no salir a por ella porque nos puede tumbar.

Hay cosas importantes y otras trascendentes. Ahora nuestra coyuntura es trascendente y nuestro momento llegará, vendrá un viento fuerte que nos obligará a buscar nuestro sitio, o mejor, a trazar nuestro lugar.

El debate que ha tenido lugar hoy en el Congreso de los Diputados puede ser una muestra. No era momento de hacer política, eso ya llegará. Hoy la sociedad necesitaba creer en una clase política que ha errado mucho en estas últimas semanas, en todas las ideologías y/o partidos se han dado deslices, pero de todo ello habrá tiempo de pasar cuentas porque, aunque la vida nos doble, tendremos la necesidad y la obligación de ponernos de pie y cobrar el precio pagado, porque este no tiene ni cambios ni vuelta.

Porque como dijo la novelista británica Mary Anne Evans (quien por cierto, firmó sus obras toda su vida como George Eliot y de quien recomiendo el libro que leí en esa época lejana de estudiante y que, tal vez, ahora que lo pienso, igual recupero estos días, “El Molino del Floss” una obra que, con el tiempo, podría perfectamente ser un referente feminista en la literatura), “El mejor fuego no es el que se enciende rápidamente”.

Por todo ello, hoy no me apetece comentar el decepcionante discurso del rey (tampoco esperaba mucho, la verdad), el hombre tiene un problema muy muy serio y su futuro “profesional” también parece bastante gris a pesar de…

Esta noche prefiero quedarme con las palabras de la sección “de puntetes” de la entrañable compañera Iolanda Ibarra en el programa de radio Línia de Fons que dirige otro excelente compañero, Gustavo Clemente: “La vida segueix, però no igual. Volia retornar a la quotidianitat que m'hi han arravatat … això és el que desitge per a tot el món, quan puga ser, de moment, queden-se a casa, tot eixirà bé, tornarem a abraçar-nos. Bona nit, bona gent”

 

(mañana publicaré el enlace de esta maravillosa sección)

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