Día 8 de #QuédateEnCasa

Al cumplir una semana de este confinamiento, era previsible la llegada del día en el que, cuando nunca pasa nada, pase todo. Puede ser una imagen, un pensamiento, una música…algo que se convierte en el punto de inflexión emocional que amenaza tu firmeza y esa aparente estabilidad.

Sin embargo, tras vivir ese maremágnum de sentimientos en el día de ayer, hoy, en este día 8 de esta soledad impuesta, el amanecer ha sido sereno. Tal vez porque, el sueño había sido reparador. Las imágenes, que ahora no recuerdo, consiguieron un sereno despertar que luego ha llegado acompañado de la recepción de palabras reparadoras de personas que admiras y que, descubres, sorprendentemente, que siguen estos ¿artículos, relatos, reflexiones?, que solo ambicionan el objetivo egoísta personal de utilizar las palabras como terapia para “vomitar” (como diría mi añorado amigo Josep Forment) las emociones tan latentes estos días en muchos de nuestros momentos.

A veces no calibras que pueda haber un receptor al otro lado. Simplemente vuelcas ante un fondo blanco todo el cúmulo de sensaciones que experimentas en esta extraña coyuntura.

Por un lado, ha sido enternecedor el mensaje de una de esas personas que la vida ha cruzado en mi camino como compañera en esta etapa laboral por la que ahora transito. Es alguien con quien no he establecido una amistad profunda, pero sí es uno de esos seres ante quien te sientes cómoda y cuya compañía te acuna el alma. Su candor y afabilidad es serena y contagiosa aunque compartamos pocos ratos. Hace un par de días ya os hablé de ella.

Iolanda Ibarra es una persona de una dulzura y capacidad intelectual tan manifiesta para expresar y comunicar que engrandece tu sabiduría tan solo escucharla y te ofrece un privilegio el tertuliar un instante con ella, aunque sea solo una vez por semana. Cada uno de sus textos está impregnado de una literatura que convierte en pequeñas joyas sus escritos, aunque estos sean un simple mensaje de washap.

Hoy sus palabras han sido alentadoras y muy estimulantes.

El otro mensaje recibido estaba fechado a última hora de ayer jueves y procedía de una de esas personas con la que hablas 3-4 veces al año, por navidad, algún motivo laboral o para intercambiar alguna felicitación de cumpleaños o santo, como ocurrió en el día de ayer. Al despertar, ahí en el teléfono estaban las palabras de una persona, con la fama de abuelo cascarrabias, pero que, prácticamente, desde que nos conocimos hace ya más de una década, me profesa un cariño paternal entrañable.

Despertar con esos dos mensajes en el móvil me ha hecho recordar que hace algún tiempo escribí una reflexión sobre el vacuo valor que se lo ofrece a la palabra en este siglo más proclive a engrandecer gestos y acciones que al poder de las letras.

Aquel día escribí que “Los gestos hablan mientras las palabras engañan. Los gestos son perdonados y las palabras te condenan…porque las palabras mienten”.

Sin embargo, solo ha sido necesario un forzoso y necesario retiro para que las palabras hayan adquirido un rol que las convierte no solo en sanadoras y necesarias, sino también en reconfortantes, restauradoras, estimulantes y sedativas.

O acaso, ¿no están siendo las palabras la principal fuente de cobijo y bálsamo para los carentes de compañía física en este aislamiento? Durante mucho tiempo no queríamos ver lo que íbamos dejando en el camino, nada nos podía vencer, en consecuencia, para qué reparar en ello. Qué más da lo que dijéramos.

Pero ahora, que necesitamos sentir de nuevo algo que hemos dejado almacenado demasiado tiempo, ha surgido el poder de la palabra como opción de recuperar el sentido virgen de la comunicación y esta, también se engrandece con una buena combinación de las letras.

Impregnada de la calidez de las palabras leídas de buena mañana, el día ha transcurrido hoy incluso rápido. Las horas han cundido más incluso con algunos retoques en el horario de actividades y la inclusión de nuevas tareas como recuperar las clases de inglés o ver alguna película recomendada,. Todo ello sin quitar el tiempo dedicado al trabajo, el ejercicio e incluso la fase de limpieza casera que hoy se ha centrado en ordenar el despacho (mañana será el momento de coger la aspiradora y depositar la basura –cada dos días surge esta tarea- en los lugares habilitado para ello, estar tranquilos).

Con este ambiente, hoy las horas han transcurrido con cierta quietud solo enturbiada por las imágenes de los atascos de tráfico provocados en las salidas de las ciudades, un hecho que he podido comprobar desde mi terraza y que ha generado mi más enérgico enojo. Porque era, al mismo tiempo que se conocían las cifras de fallecidos por el maldito bichito COVID-19, cuando han llegado hasta mi esas imágenes que te hacen dudar de la ausencia de conciencia, solidaridad y sensatez, entre otras cosas, de parte de una ciudadanía que no entiende de qué va esto.

Señoras y señores, esto va de muertes, de profesionales exhaustos, de miles de trabajos destruidos, de la quiebra de la economía, de una sociedad herida, de dentelladas que costara aliviar y mientras….mientras la inconsciencia de algunas personas sigue aflorando lo que nos demuestra que, entre otros reparos, el fin de esta coyuntura requerirá también de una labor pedagógica en ética y valores; aunque, sinceramente, esto me genera muchos dudas de poder lograrlo…porque hay mareas que no se pueden contener con ninguna barrera igual que resulta imposible ponerle puertas al mar……

Pero eso será cuando acabe todo esto, mientras tanto, nos seguiremos equivocando…y para algunos, las palabras se las seguirá llevando el viento.

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